| Muestra
La no-consecución de la armonía.
por Florencia Braga Menéndez, Curadora invitada
Leonardo peleaba el status intelectual del artista pintor,
poniendo énfasis en las capacidades extra artesanales
que manifestaba en el acto de la pintura.
Europa tuvo ese momento.
Durante el Renacimiento, la consecución de la
armonía, en términos de Gombrich, significó para
Europa una amarra moral que los siglos posteriores se
encargaron de desvanecer. América no padeció tal
amarra histórica.
Es un cliché decir que Latinoamérica,
que no conoció una consecución de la armonía,
que no tuvo testimonios arquitectónicos educándonos
en las calles, que no tuvo experiencia de estabilidad,
tiene “otra cosa”. El cliché implicaría
una idealización del caos. Sin embargo, Latinoamérica
es ciertamente un territorio desconcertado. Europa sigue
siendo en parte lo propio, “lo inteligible en tanto
forma parte de nuestro acervo”, reflexiona Ángel
Núñez en su formidable “El Canto
del Quetzal”. José Martí proponía
salir del dilema: ”No hay batalla entre la civilización
y la barbarie sino entre la falsa erudición y
la naturaleza”.
Nuestra identidad probablemente sea la zona de encuentro
entre estas infinitas cosmogonías no organizadas
que describe Alejo Carpentier, y mientras el surrealista
Louis Aragon ubicaba lo maravilloso cotidiano desde un
pesimismo lúgubre europeo, desde descreídos
juegos asociativos que se planteaban como absurdos desde
el vamos, la idea de lo maravilloso en Carpentier implica
la posibilidad de Fé, la rescata en Marco Polo,
en Van Gogh, oponiéndola al escéptico surrealismo
europeo.
Asistiendo al sopor del arte de las grandes capitales
y ante la genuflexión de producción en
serie que el circuito del arte demanda, la pregunta es: ¿no
debieran ser la intensidad del color, el erotismo de
la forma y la vorágine narrativa una posibilidad? ¿Una
posibilidad crítica inclusive? Una cultura hiper
hibridada como la nuestra, atravesada como está por
discursos epistémicos complejos, una sociedad
hija y madre de psicoanálisis, ¿no puede
acaso elegir las formas en las que el síntoma
se evidencie? Arte de rondas y pesadillas, y elogio al
derecho a lo sublime también.
Retobado e inasible el mundo del arte moderno latinoamericano
escapa a la cincha taxonómica. Artistas ensimismados,
artistas sobre si, discursos que no se fuerzan a ilustrar
tendencias y que sin embargo se hermanan mas alla de
las fuerzas movimientistas, encontrándose a siderales
kilómetros de distancia unos con otros. Toda la
estrategia posmoderna consistió en un uso finalmente
ironizado de la condición periférica. Kitsch,
fue el término en el que morían los erotismos
minúsculos y privados que desataban los vestidos,
los modos, músicas y diseños. Los universos
individuales traspasan la condición irónica
que antes los habilitaba como chiste. Light, banal, el
juego profundo y vital de los artistas ensimismados ha
sido sistemáticamente atacado por una falsa actitud
gris de compromisos sobre actuados y falta de talento.
Y el sueño se amplió, y maravilloso/surreal,
onírico y privado son tensiones que incluyen de
manera más extensa toda la franja de experiencia
pop globalizada, tensiones imposibles de alejar de la
información gigantesca que nos recorre y construye.
Los artistas tejen, dibujan, escenas, formas, despreocupados
de la inscripción que ellas tengan en la taxonomía
oficial. Surrealismo pop, real maravilloso, su intersección
o su síntesis. Instalación y pintura. Ramas,
incendios, besos, miradas. El muro se sonroja o empalidece.
Late el pulso secreto del dibujante solitario. Grande,
chiquito, casi invisible el gesto. Veintiún artistas
sin voluntad de comparecer ante un jurado de habilitados,
el juego rítmico de veintiún obras haciendo
selvas de sentido en el espacio. Jungla sueño
y restos festivos, el sentido se pliega y se revela medio
escondido entre guirnaldas cansadas. Historias personales,
historias de amor. ¿Qué bestia se atrevería
a cuestionar la falta de universalidad de la emergencia
de un beso?
La curaduría acompaña, la curaduría
recorre el territorio de desconcierto, en el que las
energías caóticas del sueño dictan,
cantan, arrullan.
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