Muestra
Negatec
por Luis Camnitzer, curador invitado
No se puede negar que el progreso técnico introduce
un mejoramiento en el nivel de vida, pero también
es evidente que fomenta la enajenación. Estamos
viviendo cambios con un impacto similar al que tuvo la
Revolución Industrial en el siglo XIX, aun si
los efectos son distintos. Igual que entonces, hay una
identificación entre la idea de progreso y el
desarrollo tecnológico, y también, igual
que entonces, se producen movimientos de resistencia
que buscan asegurar una justicia social.
Los artistas presentados en NEGATEC no tienen una posición
negativa, pero sí crítica frente a la tecnología.
En su obra Perseverance and How to Develop It (La perseverancia
y cómo desarrollarla), Jenny Perlin combina las
ideas de Sigmund Freud con las de Henry Ford, al servicio
de una ética de trabajo obsesiva aplicada a nuestra
vida cotidiana. El libro de H. Besser cuyo título
Perlin utiliza para su obra apareció en 1915,
el mismo año en que Freud publicó su Duelo
y melancolía. Perlin conecta los ejercicios que
Besser –un fordista– recomienda para un mejor
funcionamiento en la línea de producción
con las descripciones que Freud hace de las consecuencias.
La ideología es traída al presente en un
ciclo que ella describe como “trabajo, éxito,
depresión y vuelta al trabajo”, que a su
vez alimenta la industria de los psicofármacos.
La castidad, de Roberto Jacoby y Syd Babur, explora
el amor platónico en un ambiente propicio para
la sexualización de las relaciones, pero en el
cual todas las comunicaciones están mediadas.
El público puede conversar con los autores/actores,
pero a través de la computadora, la cual se convierte
en el túnel que conecta a la realidad con un mundo
imaginado y romántico. El tema, a veces explícito,
a veces dado por las circunstancias, es la castidad.
Aparece como un contrapunto a lo que Jacoby describe
como “una hipersexualización que domina
la mayoría de las creencias y acciones humanas” y
que no deja lugar al amor platónico, el “modelo
filosófico fundante del pensamiento occidental”.
En sus automóviles Martina Fischer crea una situación
en la que la misma fuente de energía que sirve
de combustible a los vehículos les impide circular.
El cable eléctrico es simultáneamente el
impulsor del movimiento y la cadena que actúa
de freno, creando así un círculo de futilidad.
En otro campo, a aquellos pasantes que se acercan inadvertidamente
a sus cajas se les ahorra el proceso engorroso de la
confesión: un sensor percibe la proximidad del
presunto contrito y emite la absolución en tres
idiomas. Las cajas asumen, correctamente, que todo el
que se acerca es un pecador, pero también apuestan
a que todos somos redimibles. En su obra más traumática,
una caja con una ranura para introducir monedas emite
el sonido continuo de un corazón latiente, presumiblemente
aprisionado. Al introducir una moneda, el latido cesa
abruptamente, convirtiendo el acto de benevolencia en
asesinato.
Wim Delvoye presenta los dibujos preparativos para su
obra Cloaca, una máquina que en sus varias versiones,
de 2000 en adelante, llegó a medir unos veinte
metros de largo y funciona con una tecnología
extremadamente sofisticada. Se la alimenta una vez al
día y la comida pasa por distintos procesos químicos
cuidadosamente estudiados que replican la digestión
humana. Al cabo de varias horas, Cloaca expele el resultado
de las transformaciones en la forma de un producto que
es sorprendentemente parecido a su equivalente humano.
La instalación Dough (Masa de pan), de Mika Rottenberg,
en cambio, se centra en un video que muestra el proceso
de amasar el pan. Artesanal en su forma más siniestra,
la producción de la masa presenta lo contrario
de la asepsia. Como un embutido interminable, gracias
a los esfuerzos de una operadora memorablemente obesa,
la materia se mezcla con las gotas del sudor generado
por el esfuerzo. Escatológicamente, la masa atraviesa
orificios de pisos y paredes para finalmente excretarse
y ser cortada en fragmentos que terminan envasados en
bolsas de plástico para su distribución
pública.
Liza McConnell crea situaciones que parecen tecnológicamente
complejas, pero son resueltas con un mínimo de
materiales descartables. El espectador camina sobre una
cinta sin fin y activa la proyección de una carretera
por la cual va manejando. Si bien parece una película
cinematográfica normal, la imagen se crea por
la proyección primitiva de otra cinta sin fin
que tiene pequeñas balizas pegadas y que se mueve
al mismo ritmo que la del aparato de ejercicios. Aun
cuando el truco está a la vista y es parte obvia
e integral de la obra, McConnell logra que la magia sobreviva.
Los Yes Men se dedican a utilizar la retórica
y medios de sus contrincantes sin introducir cambio alguno
para llevar las ideas al extremo posible. Su nombre viene
del hecho de que nunca dicen “no”. El yesman
es el adulador, el que dice que sí a todo y confirma
todo lo que quiere aquel que está en el poder.
Los Yes Men llevan esto al extremo, permitiendo así que
el ridículo surja por sí solo. La obra
exhibida aquí es la documentación de una
presentación a un grupo de estudiantes universitarios
norteamericanos en la que se propone el reciclaje de
hamburguesas. Ilustrada con técnicas de animación
de videos profesionales, la presentación explica
que el cuerpo solamente absorbe un 20% del valor nutritivo.
Como resultado, los Yes Men proponen la depuración
de las hamburguesas ya comidas y su reelaboración
en nuevas hamburguesas para repartir en las economías
marginales.
En distintos momentos Iñigo Manglano-Ovalle hizo
dos obras independientes que aquí terminaron complementándose.
Una es la descomposición y recomposición
digital, con 168.000 repeticiones, del sonido de un balazo.
Durante once minutos, la explosión original se
extiende y modula en una secuencia casi melódica
e inofensiva que sugiere una tormenta lejana con una
lluvia benigna. Simultáneamente, el paraguas expuesto
es de Kevlar, una fibra plástica creada por Dupont
para hacer chalecos antibalas. Manglano-Ovalle logra
la misma mezcla de lo inofensivo con el peligro de muerte.
La lluvia que nos puede empapar es de balas.
En forma más benévola, Ola Pehrson traduce
las gráficas de las fluctuaciones de la bolsa
de acciones en notas musicales. Éstas luego son
cantadas por coros profesionales. Gracias a la calidad
interpretativa de los coros, el NASDAQ Vocal Index tiene
una calidad sorprendente y encaja dentro de los códigos
de la música clásica. Las distintas compañías
se revelan como poseedoras de personalidades musicales
diferentes (cada integrante del coro representa una compañía),
y en el coro crean una unidad armónica.
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