Muestra
Pequeños reinos.
por Andrés Duprat, curador
La obra de Sebastián Gordín constituye
un caso muy particular en el panorama del arte contemporáneo
argentino. Sus obras reconstruyen, con múltiples
recursos, escenas que viven en la fantasía del
artista. Parece querer compartir sus sueños
o pesadillas, echando mano a todos los recursos posibles
para la traducción práctica de esas imágenes
mentales. Así como cuando intentamos relatar
un sueño, el lenguaje oral no basta para definirlo
en toda su complejidad, Gordin logra, utilizando los
medios más disímiles, plasmar en una
escena real la complejidad de una escena mental. El
resultado es formidable. Objetos que, a la vez que
narran situaciones dan forma definitiva a imágenes
y sensaciones.
En sus obras se advierte su pasión por el cine
y, especialmente, por las películas de terror.
Una fascinación por la reconstrucción
de universos a través de la imagen que el cine
ha desarrollado a fuerza de escenografías, efectos,
juego de luces, trucos y utilería. Más
que con el cine propiamente dicho, sus obras se emparentan
con los fotogramas de las películas que vemos
en los libros sobre cine. Allí todo está contenido
en un instante de filmación, pero ese statu
quo nos permite recorrer la escena con todo detalle
y detenernos en objetos o situaciones incorporando
nuestro propio tiempo de observación.
Otra clave de referencia es la atracción del
artista por el universo mágico de los juegos
de la infancia, en el sentido de las fantasías
que disparaban ciertos juguetes mecánicos que
simulaban movimientos, acciones u otro tipo de efectos.
Parece que hay fuego, parece que grita, todo se anima
con la imaginación. Gordin utiliza el lenguaje
de este universo infantil para hablar sin ingenuidad
de su crítica visión del mundo.
Las obras, si bien estáticas, emulan movimiento,
y la acción está en ellas pero siempre
de un modo precario y artificial. O bien insinuada
o como una repetición artificiosa. Una especie
de equilibrio inestable que muestra las cosas pasadas
por su filtro, lleno de efectos y recursos que no engañan
al espectador, más bien apela a su imaginación
haciéndolo partícipe de toda esa iconografía
semántica. En sus obras, existe una acción
contenida; algo está pasando, y ello nunca será discernible
ya que nos vemos atrapados en el instante escogido
por el artista. Un recorte arbitrario que antecede
o precede al nudo dramático. Trabaja con esa
incógnita, con la máxima tensión
que produce desconocer o no tener certeza acerca de
la resolución de los hechos. Un ejemplo paradigmático
lo constituye su obra ¿Quién mató a
quién?, en la que un ser monstruoso lleva una
réplica tamaño natural del propio artista
muerto. Aquí, a la extrañeza de la situación
en la que se encuentran los personajes, se suma la
incertidumbre de lo que pasó para llegar a ese
momento y de la resolución del enigma. Gordín
habla más por lo que oculta que por lo que muestra,
y ello le otorga sustancia y tensión a su obra.
Sus piezas están cargadas de una atmósfera
enrarecida por cuestiones que pasaron y desconocemos,
o que aún deben acontecer. Todo en la obra de
Gordin exuda extrañeza, tanto el concepto como
la materialidad. Si bien el hecho de crear una imagen
estática se opone al dinamismo efímero
de la imagen cinematográfica, Gordín
logra concentrar en un instante la proyección
de la acción.
Los materiales que Gordin utiliza en sus creaciones
devienen de la necesidad de reconstruir a escala paisajes,
elementos, objetos y texturas que no lo es intrínsecamente.
La arquitectura o el paisaje son, desde el lado de
lenguaje, reproducciones hiperrealistas a escala, pero
la materialidad de cada elemento es absolutamente extraña.
La nieve, el monumento o las construcciones poseen
un carácter de una realidad que pertenece a
alguna rara categoría. Lo mismo sucede con los
personajes, fácilmente reconocibles como tales,
pero a la vez indefinidos a tal punto que sólo
son individualizables por su situación en el
contexto de la obra.
Gordín conjuga en sus obras la mejor tradición
narrativa de la pintura clásica con la evocación
tanto del universo infantil de los juguetes como del
imaginario artificioso del cine de terror.
Las tres obras que presenta en el Espacio Fundación
Telefónica suponen un nivel mayor de producción
y una ampliación del campo de acción.
En otras palabras, el foco se ha abierto y nos ha permitido
complejizar la imagen y la situación.
"Cuesta abajo"
En un paisaje nevado, dos gendarmes llevan con cierta
dificultad a un muñeco de nieve hacia una
hoguera. El propósito es obvio, pero no así el
sentido. Por un lado, la situación de violencia
y sometimiento le otorga carga dramática a
la obra; por el otro, la acción y la caracterización
de los personajes le quitan parte de ese dramatismo.
Tanto el origen como el desenlace permanecen en la
oscuridad. Gordín no se hace cargo del resto
de la historia, se dedica a reconstruir en detalle
una situación particular; y es justamente
en esos detalles ínfimos donde debemos buscar
las claves de aproximación a la historia.
La referencia a la disciplina militar, al cumplimiento
de una orden o de una tarea absurda a toda costa, hacen
referencia al imaginario castrense, otra constante
en la obra de Gordin.
El clima artificial y cinematográfico de la
obra sea quizás la única manera de nombrar
lo innombrable. Hay una sublimación del horror,
y la falta de referencias concretas e históricas
universalizan el sentido de la obra.
"Monumento a los héroes con show de aguas
danzantes las noches de verano"
En esta obra el artista evoca el concepto megalómano
de los monumentos. Hay una clara referencia a la arquitectura
y escultura fascista de la década del treinta
en Alemania, Rusia e Italia, como la realizada por
Albert Speer, Arno Breker o Josef Thorak, pero con
los contenidos ultradebilitados (como delirio de un
intendente argentino). Aquí la escala ya no
es monumental, los personajes no reflejan fortaleza
-más bien son débiles y están
cansados- y por si fuera poco, la llama votiva fue
reemplazada por unas tristes "aguas danzantes",
quizás como un gesto vano de proporcionar cierta
utilidad, belleza y consenso popular.
La obra refiere tanto a la futilidad de la importación
acrítica de modelos provenientes de otras épocas
y lugares, y su triste aplicación en realidades
bien diferentes, como a la inutilidad del rol del Estado
quien concede a los familiares de las víctimas
un monumento urbano desmesurado que evoca gestas históricas
determinadas, pero de una manera tan convencional,
ortodoxa y general que termina por perder toda eficacia
y evocarse sólo a sí misma.