| Artistas
León Ferrari
Expuso la paradigmática La civilización
occidental y cristiana (1965), en el Premio Di Tella
en el año de su realización. Se trató de
una pieza única en su tipo que consiste en el
ensamblaje de dos grandes objetos: una réplica
de un avión caza FH 107 y una imagen de un Cristo
de típica iconografía difundida por santerías.
Esta osada pero elocuente “crucifixión” se
convertiría con los años en un emblema
del arte político nacional. Más que la
típica yuxtaposición de dos objetos tan
disímiles de raíz surrealista, en este
caso se trató de una rotunda e inusual oposición.
El modelo del avión era de los utilizados en la
contemporánea guerra de Vietnam. La obra formula
un fuerte cuestionamiento a la razón de la guerra
en una “civilización fundada en el amor”,
a la vez que el título sentencia una definición
para tal civilización. El año anterior
el artista había hecho la publicación de
un Palabras ajenas, un libro collage de frases de Lyndon
Johnson, Adolf Hitler y Dios, el cual formulaba un contundente
alegato de oposición a los poderes imperialistas
y a cualquier exceso autoritarista. Pero, en el terreno
más estricto de la imagen al avión lo antecedieron
ya algunas escrituras-signo como Reflexiones, Escritura
y Cartas a un general. Este entramado escritural anticipaba
un código de “silencio a voces” estridente,
destemplado, pero sin embargo, bello en su capacidad
sígnica y en su elocuencia manifiesta y denunciativa.
De esta manera, Ferrari desde el comienzo recorría
un amplio arco que contribuye a nuestro punto de vista
desde la imagen que posiblemente sea la más contundente
de toda la historia del arte argentino, el avión,
hasta un lenguaje, el de sus escrituras que en su silenciosa
sutileza no disipa ni un ápice de su rotunda carga
semántica.
Víctor Grippo
El caso de Victor Grippo es paradigmático por
excelencia. Sus obras producidas a lo largo de la década
del setenta constituyen verdaderos hitos para el arte
argentino y latinoamericano.
Este período se abrió para su desarrollo
con Analogía I (1970/71) que produjo un viraje
fundamental en su proceso creativo. Estaba compuesta
por papas ubicadas dentro de casilleros, electrodos,
cables, un voltímetro y un texto en el cual el
artista relacionó la energía de la papa
con la de conciencia humana. Fue su primera obra realizada
con papas, se daba la posibilidad al espectador de medir
la energía eléctrica que generaba el tubérculo.
En 1977 haría una versión diferente. Grippo
había realizado obras anteriores con mecanismos
eléctricos relativamente complejos. Con esta obra
inauguraba un tipo de táctica que lo caracterizaría:
hacer evidente una complejidad mínima que pusiera
de manifiesto a la vez modos de actuar de la naturaleza.
Ya se hacía visible una de sus estrategias más
usuales, aquella de “los opuestos”; en algunos
casos mostrada de manera explícita, en otros subyacente
y de modos múltiples. Si a la estrategia de ‘opuestos’ la
unimos al concepto de ‘silencio’ vertido
por Gianni Vattimo,11 el artista en la contundencia de
su discurso habría ‘silenciado’ la
desviación de la marcha de la era científico-tecnológica
hacia la producción de objetos de consumo en la
sociedad de masas anunciada por una cierta prosperidad
de los primeros años sesenta. Al desplazar su
atención de esa situación externa afirmaba
mediante un experimento sencillo la presencia constante
y actuante de la naturaleza, su inalterabilidad. Es en
este sentido que se pone de relieve otra condición
de la obra de Grippo: su virtud clásica en cuanto
al respeto por las pautas de la naturaleza y su permanencia
temporal, en un modo constante y casi perpetuo. Lo pasatista
jamás fue su dominio. Por otra parte, en Analogía
I al hacer la citada relación entre la papa y
la conciencia, esta última en su significado de “propiedad
del espíritu humano de reconocerse en sus atributos
esenciales (...)” apuntaba al centro de la razón
de su humanidad misma, a lo más propio del ser
de la persona, en tanto capacidad de raciocinio y facultad
de conocimiento. Luego, comparaba el porte energético
tanto de la papa como de la conciencia, pero la asimilación
de la segunda a la forma apariencial de la primera resultaba
notable. Un elemento sólo en apariencia inerte
como la papa esconde, sin embargo, más de una
virtud como constituir un alimento esencial encontrable
a partir del descubrimiento de América en todo
el mundo, elemento político de no menor importancia
para el artista, pero además capaz de producir
energía eléctrica. Del otro lado, la conciencia,
ente sin forma determinada, tiene la propiedad de poder
pasar inadvertida, si no se pone en funcionamiento. Ambos –la
papa y la conciencia- se declaran como poseedores de
auto-confianza, autosuficiencia y autonomía. Esto último
también resulta en un enunciado político
de por sí.
En 1972 Grippo participaría de la exposición
Arte e ideología. Cayc al aire libre en la Plaza
Roberto Arlt con su obra Construcción de un horno
para hacer pan, en colaboración con el escultor
Jorge Gamarra y el trabajador rural A. Rossi. Aquella
obra rescataba un uso popular de la cultura agraria de
la Argentina, una acción manual, para realizar
un artefacto que posibilita la cocción del pan,
alimento primordial y universal. En ella hecha en tiempos
de dictadura, el contexto estaba implícito sin
ser nombrado. Se apelaba a la memoria ancestral, a la
tierra, a la identidad, al aspecto constructivo del trabajo
humano y a la naturaleza transformadora. Intervenía
en la realidad efectiva por un ejercicio que se dirigía
en sentido opuesto al peso producido por la situación
social y política que imperaba en el país.
Esta instalación efímera de Grippo posee
una orientación tanto específica como operadora
de apertura: el simbolismo de purificación y regeneración
del fuego y la virtud congregante de repartición
del pan.
Analogía IV (1972): es una mesa tendida con manteles,
platos, cubiertos, y papas como alimento, dividida en
dos partes. Esta obra realizada para el concurso Acrilicopaolini,
incluía un material nuevo, el acrílico,
con una clara perspectiva ideológica. La analogía
se basaba en la inclusión de “los opuestos” dentro
de la obra: la mesa rica-la mesa pobre, la mesa irreal-la
mesa real, el alimento imposible-el alimento real. Por
otra parte, se inauguraba la utilización de un
paradigma en el desarrollo de Grippo: la mesa.
Algunos oficios (1976): en ese período en que
la violencia embestía de manera brutal, Grippo
hacía un homenaje a los cinco oficios ancestrales
y tradicionales de la historia del trabajo –albañil,
herrero, picapedrero, horticultor y carpintero-. Construir
y no destruir y asesinar. La primera opción como
el arquetipo humano por antonomasia. Apelaba nuevamente
a su estrategia de “opuestos”. Se trataba
de un llamado a la memoria atávica en oficios
para los cuales el trabajo manual y humano son indispensables
e irreemplazables, a la apelación de ocupaciones “hominizantes” y
constructivas en contraposición a la escalada
de violencia que se anunciaba en el país. Se oponía
la utopía del trabajo constructivo al peso de
la realidad del homicidio por parte del poder. A través
de esa oposición se lograba imaginariamente una
síntesis equilibradora. Algunos oficios fue acompañada
de un texto poético de su autoría, indispensable
también.
En 1977, para el envío argentino a la Bienal de
San Pablo Grippo inauguró un nuevo modo de instalación
de su obra Analogía I. Consistía en que
las papas en vez de ir dispuestas en casilleros individuales
iban, en una cantidad mucho mayor, agrupadas en la superficie
de una larga mesa realizada con tabla, caballetes y cubierta
por un sencillo mantel de liencillo. Esta modalidad volvió a
repetirse muchas veces y él volvía a recurrir
a la mesa que se transformaría en modelo dentro
de sus propias estrategias.
Tabla (1978): se trata de una mesa, la primera de una
serie que desarrollaría con los años, mesa
con notables señales de su utilización
en el tiempo y con un texto grabado sobre su tabla. En
ella hace alusiones a la cotidianidad, lo hereditario
y en especial a la virtud transformadora de las acciones
y las labores humanas, que deja entrever una connotación
religiosa. Finalmente, alude también a la “comunión” tanto
humana, en el sentido de comunidad, como a la idea de “transubstanciación” –palabra
escrita sobre la mesa- que se une al sentido del sacramento
de la eucaristía del Catolicismo, y también
a la transformación alquímica de toda acción
habitual.
Vida-Muerte-Resurrección (1980): plomo, porotos
y agua, es otra obra paradigmática que cerró la
década. Fue presentada como las dos anteriores
por primera vez en la Galería Artemúltiple.
Ya el título de esta obra es muy sugestivo. Al
igual que la experiencia con papas, esta obra ponía
en marcha un proceso natural: la germinación del
poroto hasta que las formas geométricas de plomo
que los contenían se deformaban hasta romperse.
Aquí se hallaba implícito el principio
de la destrucción que da vida, una forma muere,
pero otra se reproduce, como lo anunciara Pellegrini
en su texto de los tempranos sesenta.
La estrategia de trabajar con “opuestos” fue
muy habitual en Grippo e intentaba manejar la nulidad
de los contrarios. Allí estaba latente la contraposición
con la violencia que marca tajantemente la “separación” y
la mesa como símbolo de “unión”.
La papa o el poroto, alimentos con los que Grippo volvería
a armar sus instalaciones experimentales muy repetidas
veces, simbolizaban, entre otras razones, las “fuerzas
vivas” de América Latina.
Edgardo A. Vigo
Es el autor de la obra más temprana de esta exposición.
Apenas puesta a andar aquella revuelta que provocaría
el estallido del objeto artístico tradicional,
un artista solitario y marginal por voluntad propia,
realizaba Cargador eléctrico en 1957.Vigo fue
uno de los precursores de una avanzada anti-arte y nihilista
que se estrenaba para el arte argentino por ausencia
hasta esa fecha. Esta obra fundante cumpliría
con los términos de una sátira dadaísta
a una edad que podía creer todavía en su
salvación a través de la razón y
la ciencia. Este aparato de uso imposible “tiene
especificaciones técnicas y manual de instrucciones.
(...) El aparato sirve: para los senos, para sombras
chinescas, para levantarse a sí mismo, para carga
eléctrica, para cultura histórica, para
evadirse de lo sexual... 12
En 1970 Jorge Glusberg invitó a Vigo a participar
de la exposición De la figuración al arte
de sistemas en el Museo Emilio A. Caraffa de la ciudad
de Córdoba.
Con un talante irónico realizaría obras
como Tapón del Río de la Plata (1973) y
Curso acelerado para adquirir nivel de latinoamericano
culto (1972-73). En ésta última se lo ve
a él fotografiado haciendo uso de los distintos
objetos que forman el set a utilizar para la debida “transformación”.
Una de las características del desarrollo de Vigo
fue su versatilidad en el sentido más positivo
del término, pues abordó el grabado, la
poesía concreta, los señalamientos conceptuales,
el arte correo, entre otros, constituyendo una figura
que al mantenerse al margen de lo institucional transitó canales
alternativos de incidencia social y política a
través de una intencionalidad estética.
Luis F. Benedit
Una de las principales líneas de desarrollo de
Luis F. Benedit durante los años setenta fue la
elaboración de sistemas para la investigación
de comportamientos sociales. Algunos de ellos fueron:
Habitat para caracoles (1970) Habitáculo para
ratas blancas, para cucarachas, para peces; el Fitotrón
(1972) que expusiera en el Museo de Arte Moderno de Nueva
York y en el Cayc, el Habitat hidropónico (1972)
entre otros. De esta serie es Pecera para peces tropicales
(1970). Benedit realizaba investigaciones sociales a
través de un modelo animal. Montaba un laboratorio
científico que estudiaba las conductas colectivas
de una comunidad. Operaba como antropólogo social.
En el caso de la utilización de plantas observaba
los comportamientos y los problemas de las relaciones
estímulo-reacción.13 Otras obras se basaban
en la observación científica de algún
fenómeno sencillo del medio natural para lo cual
montaba pequeños observatorios específicos
como Gota de agua (1971) o Evaporador de Sachs (1972).
Otra estrategia por él utilizada era la de sistemas
proyectivos, relacionados con su profesión de
arquitecto. Uno de los más célebres es
el Proyecto huevos (1976/77) que fue expuesto en la Bienal
de San Pablo de 1977. Una línea de investigación
paralela fue la dedicada al campo y la reflexión
sobre la vida y el trabajo en el campo argentino. De
ese perfil son obras como Tabas (1978), o Caja de maíz
(1978). Trompos (1978) es una obra que juega con la percepción
y la forma. Cada material otorga a cada trompo de exacta
forma un comportamiento diferente.
Alberto Heredia
El término objetos-escultóricos es el
más apropiado para señalar la identidad
de las obras de Heredia. Con signo contrario al de los
materiales nobles y perennes de la escultura clásica,
aquellos se realizaban de manera paradójica a
partir de una sumatoria de elementos que aparentaban
provenir de la destrucción más que de la
construcción. Ya en 1963 había expuesto
sus Cajas de Camembert, objetos de denso contenido dramático.
En la misma línea, hacia la década del
setenta el eje de su obra fue un antropomorfismo crítico
muy inédito. Lejos de ofrecer imágenes
autosuficientes, éstas ostentaban crítica
e ironía, hacia su propia concepción. Bajo
un fuerte carácter dadaísta y anti-arte,
construía sus obras con una técnica muy
personal a base de trapos, telas engomadas, materiales
de deshecho y cantidad de elementos cuyo alto grado de
connotación era el signo, como dentaduras, falos,
botas militares, entre otros. Desde el comienzo de los
años setenta los hechos externos de violencia
se convirtieron en los depositarios tácitos de
su carga intencional. La serie de Los amordazamientos
de 1972-74, dentaduras postizas atragantadas por trapos,
aludían de modo directo a una idea de censura.
El ángel (ca.1972), personifica en bandas de telas
encoladas y pintadas un personaje en pretensión
de ejercer el poder y la fuerza, cuyo símbolo
es una gran lanza, que exalta la desproporción
con el supuesto protagonista. Una alta base endeble de
madera lo sostiene y subraya su real pequeñez.
Ricky, el pájaro de 1976, junto a sus dibujos
preparatorios, muestra un ser de tamaño natural,
de cabeza de pájaro y cuerpo de hombre con botas
militares típicas. Otras obras suyas con una intencional
semejanza con monumentos de próceres patrios parecen
parodiar un heroísmo cuya validez el artista relativiza,
como en El caballero de la máscara (1975). La
cáustica violencia de su crítica intentaba
anular imaginariamente la violencia del cruel militarismo
que ostentaba el poder.
Juan Carlos Distéfano
Después de realizar un interesante pasaje de
la pintura al relieve y a la escultura exenta este artista
finalmente adoptó una deslumbrante técnica
de resina poliéster y color óptico. Con
la misma produjo algunas obras de consolidado dramatismo,
que hoy resultan emblemáticas; muestran a un ser
humano constreñido a una situación existencial
impuesta e imposible. Su antropomorfismo si bien es barroco,
guarda el resabio de una concepción clásica
de la figura y su manejo de este material le permitió dar
una densidad, incluso cromática a la deformación
de cuerpos. Justamente la exposición en la que
presentó estas obras después de varios
años de trabajo tuvo lugar en la galería
Artemúltiple en 1976, fecha clave para nuestra
historia. El mudo II (1973), parece aludir a un tipo
de tortura conocido como ‘submarino’. La
pieza forma parte de la colección del Museo Nacional
de Bellas Artes. Otra del mismo tenor es Telaraña
II (1974/75). En ella la transparencia del poliéster,
que “encierra” la parte superior del cuerpo
de un hombre anónimo y desnudo, resulta en despiadada
elocuencia. Elba Pérez habló de la “potencia
del grito sofocado pero audible”. Obras como Procedimiento
I (1972) o Giallo II (1972) exhiben una vez más
el objetivo estético de Distéfano: el límite
del crimen yace en la corporalidad. Aún cuando
el sufrimiento sea de orden moral el receptor último
es el cuerpo humano.
Norberto Gómez
Sus comienzos en la década del ’60 rondaron
la abstracción
geométrica y el minimalismo. Uno de los aspectos
más interesantes de su obra fue la “conversión” lingüística
que efectuó, se trató de un radical cambio
formal. El pasaje de pulcros y asépticos módulos
geométricos tuvo la mediación de Sin título
8 (1976) una obra que muestra un paralelepípedo
cuya materia semeja cambiar de estado, de lo duro a lo
blando; un tipo de verdadero “derretimiento”.
El paso siguiente sería la serie de esculturas,
1977-1983, de resina poliéster pigmentada que
representan formas biomórficas entre humanas y
animales; la apariencia se tornó somática
y viviente. Piel y huesos, zonas internas, vísceras,
carne desgarrada, con una connotación constante
de sufrimiento en carne viva, de real encarnación
de una violencia execrada. Excelentes ejemplos de esta
serie son Carcasa (1977), Colgado (1977), Orgánico
(1977), Parrilla (1978), Dentadura de 1979. Todas estas
piezas sobrevuelan un delicado equilibrio, aquel último
hálito de vida antes de cruzar el umbral hacia
la muerte.
Horacio Zabala
Utilizó métodos conceptuales para viabilizar
contenidos políticos en el campo mismo del arte,
no en otros circuitos, con la finalidad de generar espacios
de reflexión en el interior del medio intelectual.
Veinte palabras sobre Latinoamérica, obra de comienzos
de los setenta, mostraba una lona con veinte adjetivos
que delineaban la situación de la región
según la mirada del artista: quemada, desgarrada,
sumergida, arrugada, etc. Sólo algunos de los
términos se representaban con objetos en lugares
próximos a la lista. Allí se hacía
patente la violentación política de un
territorio, América Latina.
A través de un lenguaje propio de su profesión
de arquitecto generó los Proyectos para una arquitectura
carcelaria, entre los que se cuentan Cárcel flotante
III, Cárcel subterránea III, (1973), y
Cárcel sobre columna III (1974). Además, “ponen
en evidencia el carácter represivo y autoritario
de las sociedades de la región (Latinoamérica)
y la situación de aislamiento contextual para
los artistas”.14 De-formaciones (1974), es una
obra en acrílico sobre papel que muestra el mapa
de la República Argentina con un hueco imaginario
en el medio y la pintura que lo colorea semeja un baño
de sangre.
Juan Carlos Romero
Es de aquellos artistas que han podido llevar más
lejos, especialmente a través de estrategias ligadas
al conceptualismo, objetivos claros de expansión
de una idea del arte encarnada en lo social y en lo político,
casi como sinónimos y como los lugares naturales
del arte. En 1973 presentó en el Cayc la instalación
Violencia, que hoy intentamos reeditar. Allí el
artista a través de fotos y otros materiales además
de hacer un ejercicio de denuncia del clima social vivido
en los años precedentes y anunciando lo porvenir,
exhibía un claro ejemplo de su idea del arte como
un proceso de continuidad. Romero comenzó por
una utilización de los medios de comunicación,
en sentido inverso; tomó de ellos las noticias
sobre la violencia en distintos focos del país,
así como también definiciones de la misma
en libros desde diversas disciplinas, para exhibirlos
ampliados en la sala institucional. Por otra parte, agregó un
símil de afiche callejero multiplicado en cantidad
con la sola palabra Violencia. Se volcaba así dentro
de la sala de exposiciones un dramatismo condensado,
que podría tener espacios más llanos de
reflexión en el conjunto de libros publicados
hasta esa época sobre el tema de la muestra. “La
violencia está por todas partes, omnipresente
y multiforme: brutal, abierta, sutil, insidiosa, disimulada,
racionalizada, científica, condensada, solidificada,
consolidada, anónima, abstracta, irresponsable”.15
Romero quería dejar sentado el carácter
no comercial, de no entretenimiento, sino su interés
de la incidencia artística en el hecho social. “El
modelo de Romero es una redefinición, un cuestionamiento
acerca del rol del artista latinoamericano en su contexto
social”.16 Esta exposición fue también
premonitoria de los momentos más violentos por
llegar.
Liliana Porter
Su obra ha transitado diversas técnicas como
el grabado, la pintura, el assemblage, la fotografía,
el video y soportes diversos que van del papel a los
muros. Sin embargo, a través de todas ellas ha
mantenido siempre un equilibrio entre destreza artística,
límite de manifestación lingüística
y concepto. Desde allí a partir de sus comienzos
tuvo como uno de sus objetivos poner en jaque a la percepción.
La representación y la realidad, lo ilusorio y
lo real, son sus dualidades permanentes. Además,
el espacio negativo, aquellos vacíos en torno
(de) a íconos mínimos, con una función
de espejo, es un rasgo central de su obra, no suficientemente
interpretado aún. Sin título con libros
(1989) es una de las obras en las cuales ese vacío
se asemeja de manera implacable a un silencio que pone
en escena la artisticidad de disciplinas como el dibujo
en las tres figuras geométricas básicas,
la literatura argentina, la pintura en su materialidad
y en su vehículo, los pinceles, para aplacar las
circunstancias en torno. En Barco, marinero, pintura,
noche (1986) o en Sin título con fuego (1989)
la pregunta sobre la ficción o realidad del arte
parece redoblarse como en todas las obras de grandes
paneles y vacío manifiesto.
Roberto Elía
Es de los artistas que con mayor persistencia han creado
su propio universo. Sus obras comienzan antes de concretarse
como tales, sus técnicas y procedimientos son
por completo heterodoxos. El sencillo y humilde broche
de la ropa es la razón de ser de infinitas obras
del artista. En general se lo ha considerado como partícipe
del conceptualismo surgido a fines de los años
sesenta, sin embargo, dada la singularidad de su obra,
hemos dicho que “el trampolín que aparece
como portador de elementos para la construcción
poética de Elía está más
bien del lado de su extremada sensibilidad e intuición
que desde una rigurosa racionalidad forjadora de conceptos
fuertes”.17 El fuego, el trabajo con cloro, por
nombrar tan solo algunos, son algunos de sus modos de
hacer. En Elía, lo ínfimo, lo leve, parecen
buscar otro destino a nuestra cultura. Algunas de las
obras aquí exhibidas realizadas en técnica
tan original como el papel quemado datan de 1971, cuando
el artista contaba solamente con veintiún años,
edad en la cual ya había revelado una de sus imágenes
fundantes: la rayuela.
Oscar Bony
Fue de los artistas fundadores del conceptualismo en
los últimos años sesenta. En ese momento
un clima socio-político particular ya se anunciaba.
De algún modo algunos tomaron el papel de artista-activista.
Con su emblemática La familia obrera (1968) Bony
unió aquella atmósfera externa a la crítica
institucional (un concepto del que varios se hicieron
eco – muchos también, hasta abandonar el
arte - entre 1969 y 1974). Durante los años setenta
se volcó hacia la pintura de cielos muy realistas
y de fotografías que parecían pintura,
un juego ambivalente entre ilusión y realidad.
Después de años de vivir en el exterior
regresó a la Argentina y comenzó un camino,
al principio, de recuperación “arqueológica”18
de su memoria, luego continuó en un juego vital
centrado en su persona como artista y en la artisticidad
como objetivo; mantuvo de manera permanente una postura
estético-crítica no sólo hacia el
entorno, sino hacia las formas mismas del arte. A lo
largo de los años noventa comenzó de manera
rotunda a tratar el tema de la violencia insistentemente
desde Objetos de amor y violencia, Fusilamientos y suicidios
(1996), El triunfo de la muerte (1998), entre otros,
siempre a través de la fotografía. Las
perforaciones que aparecen en sus obras, a menudo “suicidios” simulados,
pues él mismo es el protagonista fueron realizados
con reales disparos de pistola Walter P.88 de 9mm. Bony
no se sentía cómodo en una posmodernidad
complaciente y en un cambio de siglo que no significó un
cambio cultural radical. Sus citas a Duchamp, Fontana
y Magritte aludían a una modernidad de utopías
perdidas u olvidadas. Entre juegos barrocos de luces
y sombras, casi parecería haber optado por su
propia muerte.
Cristina Piffer
Aborda la temática de la violencia encarnada
a lo largo de la historia argentina. En su caso el término “encarnada” responde
en un doble sentido tanto a la carne vacuna –material
utilizado en la construcción de sus obras (y)
- como uno de los símbolos nacionales argentinos
como a los cuerpos humanos constreñidos por la
violencia de las contiendas a partir del período
de la organización del país y luego durante
las dictaduras a lo largo del siglo veinte. Senda patria
(1999) evoca la inevitabilidad de transitar ese camino
de carne ultrajada y sangre derramada.
En 2002 la artista realizaría el conjunto Entripados
en el cual los elementos protagónicos fueron tripas
o intestino delgado vacuno y grasa vacuna; ambos de extensa
connotación local. En la gastronomía autóctona
tradicional los intestinos vacunos se trenzan para luego
ser asados y comidos. Obra aquí un contrapunto
evidente con Parrilla de Norberto Gómez. Por otra
parte, el trenzado del cuero crudo es un oficio tradicional
masculino de campo. Ella construye sus piezas con minuciosas
instrucciones de un típico volumen de la bibliografía
costumbrista autóctona argentina, Trenzas gauchas.
Su autor, no el artesano sino su patrón, elaboró estas ‘simples
instrucciones’ en un lenguaje que, resignificación
de Piffer mediante, en conjunción con sus elaborados
objetos, hacen emerger un denso sentido correspondiente
al temperamento propio del inconsciente colectivo argentino
subyacente desde el período de la construcción
nacional en el siglo XIX.
La grasa vacuna mezclada con parafina, la cual trabajada
sobre mesas de acero inoxidable con diversas connotaciones
es grabada con incisiones legibles según la circunstancia.
Esta mesa realiza otro contrapunto en la exposición
con la mesa en Analogía IV de Grippo.
Piffer opone al desborde de lo orgánico, formas
frías y racionalistas, surgidas de la arquitectura
funcionalista y del concretismo del siglo XX, revalorizadas
tanto en ciertas tendencias artísticas de los
años ’90 como en el diseño ambiental
actual.
El elemento que traba el sentido final son textos. En
las mesadas los textos fueron tomados del relato de un
sobreviviente de la batalla de Pago Largo (1839) enfrentamiento
entre un gobierno provincial y la Confederación.
Frases tomadas de las narraciones de cuantiosos degüellos
y muertes conforman el grabado en la lisa contextura
lograda en el tratamiento de la grasa. Legibles en el
dramatismo de cierta y determinada iluminación.
Esta tensión de opuestos puesta en escena se ha
nutrido de la historia y de los ‘desequilibrios
estructurales’ del país que han tenido la
consecuencia de ‘provocar la administración
de la violencia’, en palabras de Juan José Saer,
al ocuparse del tema. El autoritarismo, el manejo desorbitado
del poder, la violencia implícita son los emergentes
simbólicos de un tácito cauce principal:
el ser argentino.
Graciela Sacco
El sentido de la obra de esta artista comienza a revelarse
a través de su singular técnica de trabajo:
la heliografía. Dos frases sencillas pero clave
descubren ideas básicas sobre ella. “Según
la mitología griega, Helios, dios del sol recorría
todas las mañanas el cielo en su carro de fuego
para dar luz a los hombres”.19 “La heliografía
está basada en la acción química
de la luz sobre los cuerpos”.20 Éstos cuerpos
nombrados se transforman en cuerpos humanos como puede
verse casi siempre en las diversas obras de Sacco. Fragmentado
o entero en actitud de resistencia el cuerpo puebla las
imágenes de la artista. Y, ella misma confirma
que esas imágenes no están “puestas
sobre”, sino “hechas aparecer”. Una
vez en las superficies, ya sean palos, cucharas, muros
callejeros, se establece un diálogo denso con
la cotidianeidad, pues la interpelan, la cuestionan,
la desafían. Parte de su iconografía proviene
de los medios masivos de prensa o de fotografías
históricas donde la violencia se desplegaba con
intransigencia, de manera densa. Su técnica heliográfica
opera a la manera de la alquimia, vuelve más leve
la realidad misma, soportable, resistible pero también
resistente.
Jorge Macchi
Artista cuya aparición se registra a fines de
los años ochenta, crearía todo un repertorio
de signos desplazados. Sus materiales suelen ser siempre
mínimos: recortes de diarios recortados a su vez,
fotografías, mapas, papeles, y azar, entre otros.
En realidad, su principal material es el sentido con
el cual juega para cambiarlo, moverlo, ponerlo en cuestión,
interrogarlo, hasta predecirlo, como en Rascacielos (1999). Ésta
obra fue realizada con avisos necrológicos del
diario La Nación, donde lo único que el
artista dejó como señal fueron los signos
religiosos y el formato básico y con ellos construyó un
angosto y alto edificio. Los recortó hasta dejarlos
sin noticia y sin identidad alguna. La obra fue hecha
meses antes de 11S. En Accidente en Rotterdam, serie
de fotografías, “el hombre, que pretende
ser el conductor del vehículo, es en realidad
el conducido. El automóvil, como el destino, conduce
al hombre por caminos indescifrables.(...) Un crimen
en donde el sospechoso principal pareciera ser, en todos
los casos, el propio destino”, analiza Belén
Gache.21 De este modo la crítica parece anunciar
una interpretación “atrapada” en muchas
obras de Macchi.
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