EL
PLANO
El interés que tengo sobre la obra de Juan Downey,
artista chileno fallecido en 1993, está basado
en la mirada que éste construyó sobre situaciones
de identidad, articulando la autobiografía y la
historia local, empleando el video como arma de una narrativa
crítica. Fue uno de los artistas pioneros del
video arte y de la videoinstalación en los Estados
Unidos, a mismo título que Nam Jun Paik, Frank
Gillette o Peter Campus. Estos artistas se caracterizaron
por montar una forma de arte discreto, que explotaba
el potencial del video como agente transformador de la
experiencia perceptiva. De este modo forjaron una crítica
de las emisiones televisivas produciendo obras fuertemente
comprometidas con las identidades personales y comunitarias.
Esta exposición toma en cuenta la importancia
que la obra de Juan Downey posee para el conjunto de
artistas que he convocado. Por eso la he titulado EFECTO
DOWNEY. Justamente, para hacer prevalecer la presencia
del diagrama de su obra en las singularidades de las
obras de los artistas que forman parte de esta muestra.
He trabajado sobre las complicidades formales que se
anudan de manera inconsciente a nivel de las obras mismas,
intentando responder al siguiente principio: ¿cómo
mirarnos mirando a otros artistas que, a su vez, nos
devuelven su mirada?
En este sentido, la pregunta que sostiene esta muestra
se convierte en un problema universal, al mismo tiempo
que permanece anclada a la particularidad subjetiva de
los artistas aquí presentes, situados en la posición
de etnógrafos de nuestra escena plástica
local. En este sentido, esta es una muestra realizada
pensando en la disposición comparativa de varias
escenas locales cercanas. No solo por la geografía,
sino por la topología que se construye atravesada
la mirada downeyana, a nivel del “inconsciente
de obra”.
En este terreno, la disposición de la sala del
Espacio Fundación Telefónica favorece la
distribución enunciativa de las obras. Una exhibición
depende de la tolerancia espacial de una planta. El programa
de las obras está sujeto a esa primera negociación “conceptual”.
En la primera planta he montado en dos cubículos
claramente separados la instalación de Juan Downey, ”About
Cages” y una selección de su videografía.
En la segunda planta he distribuido las obras de Adriana
Bustos, Fredi Casco y Mario Navarro, por un lado, y las
de Ingrid Wildi y Claudia Casarino, por otro.
LA INFRAESTRUCTURA
La primera planta opera como infraestructura económica
de la muestra, destinando la segunda planta a la localización
de las obras a título de superestructura jurídico-política.
Es preciso disponer de una gran dosis de humor marxiano
para comprender el alcance de esta distribución.
El propio edificio del Espacio Fundación Telefónica
resume la memoria industrial de las telecomunicaciones,
y en esta medida, trabaja de modo estratificado la declinación
de un diagrama de obras. No quiere esto decir que la
obra de Downey es a las obras de los demás artistas,
una obra infraestructural. He dispuesto que sea, de manera
manifiesta, de este modo. Así funciona la ficción
metodológica que pongo en función. Hablaré,
entonces, de la determinación en última
instancia de la obra de Juan Downey en el diagrama de
montaje.
Juan Downey montó “About Cages” en
1987 en el World Wide Video Festival-Kijkhaus, en La
Haya. Esta consiste en una video-instalación extremadamente
simple, que contempla un video monocanal de un solo monitor,
situado al centro de una jaula con pájaros, junto
a dos altavoces exteriores. Este modo de conectar el
plano de los pájaros con los planos sonoros de
unos relatos determinó el título de la
muestra, en directa alusión al “efecto Kulechov”,
proveniente de la teoría del montaje cinematográfico.
Lev Vladimirovic Kulechov fue un teórico y director
de cine soviético de la época de las primeras
vanguardias, que realizó un supuesto experimento
que resultó decisivo. En sus viajes por los pueblos
haciendo cine, se le ocurrió proyectar una foto
del rostro de un hombre, el actor Murjikin, y luego una
de un plato de sopa. La gente asociaba unívocamente
que Murjikin tenía hambre. Kulechov repite la
experiencia, pero reemplaza la foto del plato de sopa
por la de una de una mujer en un féretro: la gente
piensa que Murjikin está triste. En el efecto
Kulechov el valor de las cosas está determinado
por aquello que las rodea. Pero quizás la mejor
definición sea la que nos proporciona el crítico
español David Cacho (en Flores Catódicas)
cuando sostiene que el efecto Kulechov lo inunda todo
y que lo aplicamos en la vida cotidiana cuando juzgamos
a las personas de acuerdo a sus parejas -¡no puede
ser muy lista viviendo con ese imbécil!-.
Justamente, tomando esta interpretación común
de la conyugalidad, monté la hipótesis
de esta muestra a partir de dicho efecto. Sobre todo,
porque el valor de las obras está determinado
por la proximidad conectiva de las demás. Es así cómo
las unas se leen desde las otras. A lo que debo agregar
que en cada obra existen estos momentos de montaje que
las constituyen como tales.
Por ejemplo, Juan Downey concibió “Abour
Cages” estando en Ámsterdam, después
de haber leído las confesiones de un agente de
los servicios represivos de la dictadura chilena. En
esa momento, se dirigía a Leipzig para realizar
la cinta “J.S.Bach”. La lectura del relato
del torturador le impidió conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, el único museo que
estaba abierto en esa ciudad era la casa-museo de Ana
Frank.
Al recorrer sus salas vacías se encontró con
la ausencia de los Frank, así como con su memoria.
La confesión del torturador y el diario de una
joven judío-holandesa resonaron para dar sentido
a la humana condición que vincula al preso y al
carcelero; al enjaulado y la jaula.
He montado la reconstrucción de esta pieza, en
Buenos Aires, con el propósito de acelerar conexiones
y establecer filiaciones truncas de problemas que ponen
en escena las presencias espectrales de los que no pueden
acudir a la cita reclamada, hoy, por el deseo reconstructivo
y reparatorio de los ciudadanos. En un parlante se escucha
el relato del torturador, mientras en el otro, un fragmento
del diario de Ana. No se trata de poner en un mismo plano
ambos relatos, sino de hacerlos funcionar en un montaje,
por así decir, “paralelo”. Son dos
relatos hechos comparecer en el tiempo real del sonoro,
puesto en contrapunto con el registro modificado (ralenti)
del vuelo de unos pájaros que pueblan un dispositivo
de “puesta en abismo” del encierro.
La selección de videos, en cambio, se juega a
ser una “retrospectiva” incompleta que despliega
los elementos centrales de su diagrama de obra total.
Por esta razón toma en consideración una
docena de cintas que corresponden a los momentos más
significativos de su trabajo. Es decir, pertenecientes
a las series Video Trans America (1973-1978) y El Ojo
pensante (1980-1990).
LA SUPERESTRUCTURA
En la superestructura de la segunda planta, lo jurídico
está controlado por las representaciones de obra
de Adriana Bustos, que trabaja la regulación de
la pose de un ejemplar emblemático en la cultura
argentina: el caballo. Pero esta vez, un caballo de cartonero
comparece como “personaje” principal en una
historia de representación desfalleciente, teniendo
de telón de fondo la reproducción ampliada
de un paisaje de un maestro cordobés de la pintura.
Luego, la regula.
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