Muestra
Denegri, Golder, Rivas. Video Instalaciones
por Christian Ferrer
Fragmento de "En la calle, en el campo, en la frontera,
Tres paisajes "
El paisaje no es un dato fijo, no es una distancia alejada
o aproximada, no es natural ni artificial. Es una construcción
de la mente, argamasa de capas de memoria y de junturas
y hendiduras apuntaladas o fisuradas por la actividad
diaria. Vemos según hemos sido adiestrados para
ver. No vemos sino lo que suele confirmar las certezas
ya conquistadas. La dirección de la vista no está destinada,
sino señalizada. De modo que el paisaje no es
desemejante a la naturaleza muerta. Sea el campo, sea
una ciudad entrevista en la frontera, sean la acera y
el pavimento de todos los días, los habitamos
como si fueran museos naturales. En la ciudad, la actividad
visual está engarzada a la celeridad o la parsimonia,
pues nadie suele mirar dos veces, ni tan siquiera detenerse
en las revelaciones que entre dos vistazos exponen verdades
incontroladas, como a veces sucede con los fogonazos
en la ruta. Quizás la esencia del video resida
en el pestañeo, o en un ángulo de visión
de 360º, devenidos en pórticos. Aquí,
Silvia Rivas, Gabriela Golder y Andrés Denegri
nos ofrecen tres variantes de la experiencia con el paisaje.
Somos forasteros, en buena medida, en cada una de ellas.
I.
La obra de Silvia Rivas apela a nuestras sensaciones.
Se diría que pretende “tocarlas”. ¿Qué hay
en una sensación? Un despertar, un meneo inestable,
una torsión orgánica. “Mira, no
veas, no ves”, así se titulaba un trabajo
anterior de la artista. Que haya llegado a existir
en el mundo algo que llamamos “sentido de la
vista” es un acontecimiento biológico
muy extraño. Estamos tan habituados, tan engarzados
a ese tajo dual del rostro que no solemos meditar en
que existen muchas formas de vida carentes de visión
nítida y dotados de otro sentido del mirar.
Así, el murciélago; así, el topo;
así, los anélidos. Experimentamos una
tautología que Silvia Rivas quiere desafiar,
al menos conmover, con obras que parecen emanar de
un caballete líquido y, además, sonoro.
Un dejo de pincelada fluida en su obra nos advierte
que la sustancia onírica, pero también
la del tiempo, adquiere la forma de una lava primordial,
en cuyos remolinos la esencia inasible de las imágenes
se da cita y forma. Cuando el video deviene una paleta
mutante, el globo ocular se transforma en una bobina
de sueños, tan hipnóticos como reveladores.
Y sin embargo, son umbrales iniciáticos. Entonces,
nada más que “pequeños acontecimientos”,
y nada menos que el relevamiento de una guerra nocturna.
Rara vez la mirada se detiene en la pátina callejera
amontonada por la incesante actividad humana, un lacre
lunar que suele desaparecer por la mañana, eliminado
por porteros y propietarios, pero que en muchas barriadas
permanece como una costra imposible de erradicar. Silvia
Rivas analiza, detallada y microscópicamente,
el residuo, ese excremento socialmente aceptable aún,
expelido por el gran manicomio urbano, tal cual una
metástasis de la que todos pretenden desconcernirse,
al igual que sucede con los rostros que encontramos
en la calle, que son tantos, y tan inasibles y proteicos,
que pueden ser sumidos fácilmente en la indiferencia,
hasta que Silvia Rivas nos llama a enfrentarlos, a
ellos, como apariciones, como revelaciones, como camafeos
de lo diferente.
II.
La mirada campesina es lenta, demorada, abarca la lejanía
y el pormenor con igual devoción. A eso nos compele,
también, el trabajo de Gabriela Golder, a mirar
en la intemperie, es decir sin el amparo de las certidumbres
urbanas. Es el disponerse a una larga espera. Numerosísimas
actividades, muchas de ellas minúsculas como insectos,
suceden en el campo, y solo destruyendo el “yo” atareado
y sobreexcitado que el ruido omnipresente, el cartel
ubicuo y el transporte continuo apuntalan podemos llegar
a ser parte del paisaje en vez de partícula momentáneamente
alejada de su todo funcional. Cesación de la taquicardia,
abdicación del tiempo cronometrado. Es entonces
cuando la gama cromática se abre límpida
a la vista, y lo circundante adquiere estatura perenne:
las vacas y los caballos, y hasta el perro piojoso, se
transforman en seres mitológicos; la mosca resulta
ser una minucia indestructible; y el poste de luz es
más espantapájaros que transmisor de estremecimientos
energéticos o comunicacionales. Una frase de Paul
Celan, silenciosa y elocuente, sobresalta la calma en
mitad del video, mientras adivinamos que este mundo no
está necesariamente en paz, que miríadas
de insectos devoran, desovan y destruyen. Y que hay alguien
de más. Al observar estas vacas, descubrimos que
somos nosotros los que estamos a la intemperie. ¿Por
qué nos miran estos animales? La vaca observa
a su futuro carnicero.
III.
Hay panoramas semejantes a espejismos. Quien se interna
en ellos lo hace en una realidad grumosa, equivalente
a leer fotocopias apenas legibles o a recibir una señal
de radio defectuosa. Andrés Denegri es consciente
que toda experiencia de un paisaje no reconocible es
defectuosa, como lo sería una anfractuosidad,
una reconfiguración de elementos antes dados por
ciertos, o un desencuentro. Y lo es por propia experiencia,
y en un pueblo minero y desconocido de Bolivia que bien
podría pasar por una maqueta del “lejano
oeste”. El oficio del video supone la habilidad
del pistolero: la intimidad inmediata con la tecnología
separa al artista dedicado a este menester del cineasta,
más parecido al mariscal de campo que arroja ordenes
a batallones de ingenieros, actores, contadores, abogados,
extras, secretarias, meritorios y técnicos. Distinto
también al director de la programación
televisiva, semejante del jefe de un estado mayor de
ejército que pasa revista a las tropas vivamente
atareadas en una sala de comando. El video es una tarea
de solitarios, y la disposición a desenfundar
la filmadora es toda una definición del instinto
de quien, cámara en mano, va por el mundo con
ojos de zahorí. En Uyuni, la obra de Andrés
Denegri, el paisaje, el diálogo de una pareja
desavenida y la voz emitida por una radio se interfieren
mutuamente y amenazan con encender la chispa de la combustión.
Un hombre y una mujer, extranjeros en esa tierra, comprenden
que están atrapados, y se debaten entre aceptar
su condición, rindiéndose al paisaje, o
encontrar un punto de fuga, resistiéndolo. Un
chisporroteo de risas sutura la triple interferencia.
Una vez que se ha atravesado la experiencia de estar
ante las obras de Andrés Denegri, Silvia Rivas
y Gabriela Golder, nuestra percepción del paisaje
ha sido destituida y refinada, cuanto menos conmovida,
quizás transformada. Porque estas instalaciones
tienen menos de acrobacia técnica que de alambique
de los sentidos. Quien ingresa al laberinto no puede
esperar salir indemne. Quien se abre al mundo sabe que
no hay inmunidad para sus certezas, porque lo imprevisible
es el atributo ineludible de la existencia.
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