Arte
y Nuevas Tecnologías. La alquimia
tecnológica
por David Oubiña.
¿Cuán lejos puede llegar la tecnología
como motor de la creación estética? ¿Hasta
qué punto el cruce entre arte y nuevos medios
resulta productivo? Sin duda, la pregunta por el límite
está en la base del Premio MAMbA - Fundación
Telefónica; pero, a la vez, ese interrogante sólo
tiene valor en tanto responda con el desafío de
ir siempre más allá. El arte moderno es
hipertélico y, por lo tanto, el límite
no debería considerarse como una última
frontera sino como un nuevo punto de partida. Paul Klee
sostenía que "el arte no reproduce lo visible,
sino que hace visible". En el cumplimiento de esa
función iluminadora, el cruce entre estética
y tecnología no cesa de profundizar la cualidad
perturbadora del arte.
En Oveja eléctrica, uno de los proyectos multidisciplinarios
premiados en la edición 2003, Santiago Pereson
se pregunta si una computadora podría componer
música. Desde el título mismo alude a dos
obras que han sido consideradas como emblemas de la cibercultura:
la novela de Philip Dick ¿Acaso sueñan
los androides con ovejas eléctricas? y, por extensión,
Blade Runner, el film de Ridley Scott que se inspiró en
ella. Inversamente, en 2000 km/h cinco cuadras y media
por segundo (Mención Video Experimental, 2002),
Lucas Engel propone la experiencia subjetiva de viajar
a una imposible velocidad de 16.000 km/h desde Forest
y Álvarez Thomas hasta chocar contra el obelisco.
Humanización expresiva de la máquina, en
un caso, y ampliación de la experiencia mediante
la tecnología, en el otro. Estos dos trabajos,
muy diferentes entre sí, habitan sin embargo en
un mismo espacio. En esa dimensión que Pierre
Bongiovani define con el nombre de imaginarios mutantes: "Cómo
dividir las aguas entre lo que sería del orden
de una tentativa de renovación de las prácticas
artísticas mediante la utilización de las
nuevas tecnologías y lo que sería del orden
de una garantía de esas tecnologías a través
del suplemento espiritual que se supone aporta el arte"[1].
Tal como lo establecía Theodor Adorno, la clave
radica en una clara diferenciación entre técnica
y tecnología que, en los nuevos soportes, tienden
a equipararse livianamente: mientras que la primera se
refiere a la mecánica compositiva, la segunda
alude al medio de (re)producción. Obviamente,
el desafío de cualquier propuesta estética
contemporánea consiste tanto en aprovechar las
nuevas tecnologías como en procesarlas para convertirlas
en técnicas de composición. Es decir, operar
sobre un vínculo crítico (no afirmativo
de la percepción convencional) entre técnica,
materiales y contenidos frente a una difundida fetichización
de la tecnología. Es lo que sucede, para mencionar
sólo unas pocas obras, en Voice Pattern (Mónica
Jacobo, Premio Asociación Amigos del MAMbA Arte
Digital, 2002), donde las emisiones sonoras se transforman
en racimos de datos visuales que componen figuras fugaces
sobre la pantalla; en Proyecto Lugano (Lucas Ferrari,
Miguel Martínez, Fernanda Cueva y Leonello Zambon,
Mención Proyecto Multidisciplinario Experimental,
2002), donde el espacio urbano se desestabiliza a través
de una intervención visual y sonora; o en Todos
los días problemas (Homero Cirelli, Mención
Video Experimental, 2002), donde una extraña alquimia
tecnológica descompone las imágenes para
que muten hacia formas líquidas.
De las tres categorías que convoca el Premio
MAMbA - Fundación Telefónica, sólo
la de Video Experimental era un área previamente
consolidada en nuestro país (sobre todo a través
de los concursos anuales organizados por el Instituto
de Cooperación Iberoamericana y las jornadas de
videoarte en el Centro Cultural Ricardo Rojas). La categoría
de Arte digital y el Premio LIMbØ a Proyecto Multidisciplinario
Experimental, en cambio, sólo han ido cobrando
mayor entidad en los últimos años (en parte,
precisamente, gracias al impulso que se les ha dado en
estas convocatorias). La emergencia y la exploración
de nuevos imaginarios, nuevas narrativas, nuevas figuraciones,
nuevos modos de interacción han abierto surcos
en las artes visuales que todavía deben ser profundizados.
Sería inútil procurar un marco homogéneo
para incluir a todas las líneas estéticas
que se han dado cita en cada una de las ediciones de
este premio porque, precisamente, su intención
ha consistido en hacer una cartografía de lo heteróclito.
Más que definir un encuadre temático o
estilístico, las obras premiadas han permitido,
en todo caso, proyectar las líneas más
representativas de un mapa provisorio sobre las relaciones
entre arte y nuevas tecnologías en nuestro país.
Esa variedad de estilos e intereses no impide señalar
que, en la edición 2004, han coincidido algunas
obras que parecerían compartir un mismo eje. Si,
casi por definición, las obras transitan a través
de lo multidisciplinario y la interacción, esos
cruces no están exentos de tensiones. Toda unión
es contradictoria y, en este sentido, poner en contacto
implica también hacer surgir la fricción.
Las obras son como campos magnéticos: texturas
contrastantes hechas de atracciones y rechazos.
Es posible rastrear la productividad estética
de esa violenta afinidad no sólo en el plano de
sus medios y sus técnicas (digamos: Super-8 y
video en La progresión de las catástrofes
o sombras chinescas y computación en Sombras vivas)
sino también en el plano de la representación.
El leitmotiv del video de Galuppo es, justamente, una
escena en donde un beso se continúa en cachetazo:
hay una contigüidad perfecta entre esas acciones
que deberían ser, no obstante, dos polos opuestos
de la afección. Los novios de Lindner, a punto
de ser devorados por una máquina trituradora,
unen en una misma figura romántica lo idílico
y lo cruel. Y los cuerpos de Yeregui se acercan y se
eluden de acuerdo a una compleja sintaxis espacial: la
justa distancia es, aquí, una ecuación
inestable entre lo cercano y lo esquivo. No son los únicos
ejemplos, por supuesto. Se podrían encontrar otras
formulaciones sobre lo mismo en muchos de los trabajos
mencionados y seleccionados. Como si al desmontar de
manera crítica el vínculo ambivalente de
atracción y rechazo, las obras pretendieran explorar
nuevas formas de relación entre los cuerpos.
II. Video Experimental 2004
A pesar de su heterogeneidad estilística, pueden
señalarse algunas constantes estructurales en
los trabajos de video experimental: la circularidad y
la detención.
Resulta curioso puesto que se trata, por lo general,
de estudios del movimiento. El "gesto del video" —como
sostenía Vilém Flusser— no puede
sino poner de manifiesto su carácter abierto,
provisorio, transicional (entre lo televisivo y lo digital
o, podríamos agregar, entre lo cinematográfico
y lo pictórico); pero esa cualidad, en principio
problemática, es también el resguardo de
su potencialidad y su ductilidad. En las obras de Galuppo,
Zambon, Marriot o Campos Cáceres, el video aparece
no tanto como un instrumento de registro ni como un resultado
sino, sobre todo, como un medio. Literalmente. Es una
herramienta de pasaje, un punto de inflexión y,
por consiguiente, una instancia reflexiva de la imagen.
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